El libro se construye sobre la premisa de que el Estado romano no surgió como resultado de un proceso étnico o cultural uniforme, sino como una construcción jurídica y comunitaria. Ribas Alba detalla cómo, a diferencia de muchas otras entidades políticas de la época, Roma logró crear una entidad que se fundamentaba en criterios muy distintos de la pertenencia genética. La fundación de la ciudad, realizada a mediados del siglo VIII a.C., se convierte, en esta visión, en un acto crucial: no solo como establecimiento físico, sino como consolidación y centralización de una estructura política plenamente estatal.
La tesis fundamental del libro reside en la idea de que el Estado romano no se basó en un «pueblo» preexistente, sino que lo creó. El «populus romanus», el Estado en sí mismo, se fundaba en la idea de «civitas», la ciudadanía, definida no por la ascendencia étnica, sino por el vínculo jurídico de pertenencia a una comunidad. Esta «civitas» no venía condicionada por la pertenencia a un grupo humano preexistente, sino que era la propia “civitas” la que daba forma a la identidad colectiva. Este concepto es crucial, ya que rompe con la idea de que el Estado se impone desde fuera, y lo establece como la fuente de identidad, y no al revés.
Ribas Alba explora cómo el sistema legal romano, con sus leyes, instituciones y procedimientos, jugó un papel fundamental en la creación y mantenimiento del Estado. La legislación, la administración y la justicia no eran simplemente herramientas para regular la vida de los ciudadanos, sino que eran los elementos fundamentales que definían la identidad del “populus romanus”. El libro profundiza en el estudio de instituciones como el Senado, los pretores, los pretores urbanos y el sistema judicial, demostrando cómo estas organizaciones se interrelacionaban y se complementaban para garantizar la estabilidad y el buen funcionamiento del Estado. Además, Ribas Alba analiza la importancia del ius, el derecho, no solo como un conjunto de normas, sino como una forma de pensar y de actuar que impregnaba todos los aspectos de la vida romana.
La obra de Ribas Alba se enmarca dentro de un debate más amplio sobre la naturaleza del Estado y la identidad nacional. El autor argumenta que el modelo clásico de «Estado-nación» basado en la homogeneidad étnica y cultural es un constructo moderno, y que el Estado romano representa un modelo diferente, más flexible y adaptable. El libro pone de manifiesto cómo, a pesar de su poder y su influencia, Roma no se basó en la dominación de un pueblo, sino en la integración de individuos que compartían la misma ciudadanía y los mismos valores.
El concepto de “civitas” es el corazón de la argumentación de Ribas Alba. No se trata simplemente de una forma de gobierno, sino de una comunidad jurídica con una ética propia. Esta «civitas» facilitaba la integración de nuevos miembros al Estado romano, basándose en la legalidad y la participación en la vida política y social. La ciudadanía romana no era un privilegio hereditario, sino una ganancia que se obtenía mediante la adhesión al derecho romano y al «populus». Este modelo era particularmente relevante en un Mediterráneo fragmentado, donde el poder romano se extendiía a través de la ofrecimiento de la ciudadanía.
El libro también ofrece una visión detallada del proceso de integración de territorios y pueblos al Estado romano. A través de la ofrecimiento de la ciudadanía, Roma logró estabilizar regiones y pueblos que antes eran partes de imperios o regiones inestables. Este proceso no era imposible, pero se basaba en la promesa de protección, justicia y participación en la vida política romana. La «civitatis» era una «promesa» sostenida por el derecho.
Opinión Crítica de Territorio, Pueblo, Nacion, Estado: La Experiencia Romana
La obra de José María Ribas Alba es, sin duda, una contribución valiosa al estudio de la civilización romana. Su enfoque en el «populus romanus» y la importancia del «ius» ofrecen una perspectiva refrescante que desafía las interpretaciones tradicionales, basadas en la idea de un imperio construido sobre la base de la fuerza y el poder militar. Ribas Alba demuestra claramente que el Estado romano no fue simplemente un instrumento para la conquista y la dominación, sino que fue un sistema complejo y sofisticado, basado en principios jurídicos y comunitarios.
Sin embargo, la obra también presenta algunas limitaciones. A veces, el argumento se vuelve un tanto abstracto y teórico, dejando unidades de interpretación más claras. Si bien es indiscutible la importancia del «populus romanus» y el derecho, el libro podría beneficiarse de un análisis más detallado de las dinámicas políticas y sociales que subyacían al sistema jurídico. Además, el autor podría tener en cuentaiva más las tensiones y conflictos que existían dentro del «populus romanus», ya que la ciudadanía no era un privilegio universal.
En cuanto a recomendaciones, el libro resulta especialmente relevante para estudiosos y estudiantes de historia, derecho y ciencias políticas. Sería interesante que Ribas Alba prosigiera a desarrollar sus ideas en nuevos estudios que pudieran explorar en mayor detalle las interacciones entre el «populus romanus» y otros pueblos y culturas del Mediterráneo. También sería valioso expandir el análisis a otras áreas, como la economía y la sociedad romana, para ofrecer una visión más holística de esta civilización que siempre ha sido tan fascinante.
