La historia gira en torno a un niño, un niño a quien no le han dado nombre, que vive con su madre. Ella es una mujer que está pasando por una crisis profunda, una lucha silenciosa contra la depresión y la desesperación. La obra no revela explícitamente la naturaleza de su enfermedad, pero el espectador se da cuenta de que su madre ha intentado quitarse la vida. Esta revelación, que el niño recibe de una forma vaga e incompleta, desencadena una serie de acciones en él, impulsadas por un instinto primario de protección y amor. El niño, en su inocencia, decide “hacer las cosas extraordinarias” para que su madre se sienta mejor.
Esta decisión se convierte en la columna vertebral de la obra. El niño, que no comprende la gravedad de la situación, se dedica a acumular momentos de felicidad y belleza, a intentar “arreglar” la tristeza de su madre. Esta acción no es una solución racional, sino una expresión pura de amor y de deseo de ver a su madre feliz. El niño se convierte en un recolector de momentos extraordinarios, buscando en el mundo y en su propio entorno la alegría que él cree que su madre necesita. La obra es, en esencia, una exploración de la forma en que los niños, y en general, los seres humanos, intentan consolar y sanar a aquellos que aman, incluso cuando la comprensión de la situación es limitada. La coreografía, en este caso, juega un papel crucial, reflejando el movimiento frenético y a menudo desorientado del niño, intentando alcanzar una felicidad que parece estar fuera de su alcance.
El niño, impulsado por este acto de amor incondicional, comienza a recopilar «cosas extraordinarias». Esta lista, que se construye a lo largo de la obra, es una representación de los momentos que el niño cree que pueden salvar a su madre. Empieza con lo aparentemente trivial: “Los helados”, que representan el placer simple y la dulzura de la vida; “Las pelis de Kung Fu”, que simbolizan la energía, la acción y la determinación; “Quemar cosas”, una representación de la liberación de la frustración y el miedo; “Reír tanto que te salga leche por la nariz”, una expresión descontrolada de alegría; “Las grúas de las obras”, que evocan una sensación de escala y potencial, y “Las montañas rusas”, que representan la emoción y el riesgo. Cada uno de estos elementos se presenta con una intensidad dramática, y la coreografía, liderada por Anabelle López-Juán, intensifica aún más la emotividad de la situación.
La obra no se centra en la resolución de la crisis de la madre, sino en la búsqueda desesperada del niño para hacerla feliz. El niño utiliza estas “cosas extraordinarias” como un ritual, un intento de llenar el vacío que la depresión ha creado. Sin embargo, a medida que la obra avanza, se hace evidente que estas acciones no son suficientes. La desesperación de la madre es profunda y compleja, y la búsqueda del niño es, en última instancia, inútil. No obstante, esta falta de resolución no disminuye el poder de la obra; al contrario, aumenta su resonancia emocional. La obra nos confronta con la realidad de que no siempre tenemos control sobre las situaciones de la vida y que a veces, lo único que podemos hacer es ofrecer nuestro amor y nuestra esperanza.
Opinión Crítica de Las Cosas Extraordinarias
“Las Cosas Extraordinarias” es, sin duda, una de las obras más conmovedoras y originales que he tenido la suerte de ver. Duncan Macmillan ha creado una pieza que es a la vez profundamente personal y universal, una que me ha dejado con una sensación de melancolía y esperanza. La obra es un ejemplo brillante de cómo se puede utilizar el teatro para explorar temas difíciles con sensibilidad y honestidad. La coreografía, en particular, es excepcional, creando una atmósfera de intensa emoción y belleza. Anabelle López-Juán ha realizado un trabajo magistral, guiando a los actores a través de los momentos más intensos de la obra.
Recomiendo encarecidamente “Las Cosas Extraordinarias” a cualquier persona que busque una experiencia teatral que sea a la vez desafiante y recompensante. No es una obra fácil, ya que aborda temas como la depresión y el duelo, pero es una obra que te dejará con una profunda apreciación por la fragilidad de la vida y la importancia del amor. Es una obra que merece ser vista, sentida y reflexionada. Más allá de la impresionante coreografía y la emotividad de la pieza, la obra destaca por su mensaje fundamental: que incluso en los momentos más oscuros, siempre hay espacio para la belleza, la esperanza y el amor. Es, en esencia, un recordatorio de que estamos conectados entre nosotros, y que podemos encontrar consuelo y fortaleza en el apoyo de aquellos que amamos.




