La Academia Canaria de la Lengua, fundada en 2000, surgió de una necesidad percibida de normalizar la variedad lingüística del español hablado en las Islas Canarias. Esta variedad, denominada coloquialmente «canario», había sido tradicionalmente considerada un “pérdulo” para el español, una desviación “incorrecta” del idioma estándar. La Academia, a pesar de su nombre, no tenía la intención de “dictar normas” ni de imponer un modelo lingüístico, sino de documentar, estudiar y promover la riqueza y la legitimidad de esta forma de hablar, que en realidad era el español hablado por la mayoría de la población canaria. La motivación central del proyecto, impulsada por lingüistas y expertos canarios, era reconocer la normalidad de esta forma de hablar, una norma basada en la realidad lingüística de las islas y, por extensión, una reivindicación del derecho de los canarios a utilizar su propia lengua.
La creación de la Academia, sin embargo, inmediatamente levantó la tormenta ideológica que Morera describe tan magistralmente. La reacción fue monumental y estuvo marcada por una mezcla de desprecio, indignación y miedo. En primer lugar, muchos consideraban que la Academia era una clara reivindicación de la legitimidad de las hablas regionales, tradicionalmente desvalorizadas y consideradas peligrosas para la “unidad” del idioma. El hecho de que una institución académica se dedicara a estudiar y defender el «canario» era visto como una amenaza al “correcto” español, tal y como lo entendían los defensores de la RAE (Real Academia Española).
En segundo lugar, la fundación de la Academia fue interpretada por muchos como una cuestionamiento del monopolio lingüístico de la RAE. La RAE, que había sido fundada en 1713, representaba un poder lingüístico absoluto, y la Academia Canaria, al desafiar esta autoridad, se convirtió en un símbolo de la resistencia frente al conservadurismo lingüístico y al control centralizado del idioma. Se argumentaba que la RAE, en su afán por mantener un modelo lingüístico único e inflexible, ignoraba la realidad social y cultural de España, y que la Academia Canaria era necesaria para garantizar la representación de todas las variedades del español.
En tercer lugar, la fundación de la Academia implicaba una rebelión contra el planteamiento político oficial de que solo los pueblos con Estado tenían derecho a tener una academia de la lengua propia. La RAE, como institución, estaba estrechamente ligada al gobierno español, y su legitimidad dependía del apoyo político. La Academia Canaria, al ser una institución independiente y autónoma, desafiaba esta relación y reclamaba la legitimidad del español hablado en las islas, independientemente de su condición de territorio autónomo. Morera destaca que este punto, aparentemente menor, fue clave para entender la intensidad de la reacción conservadora.
La Academia, por tanto, se convirtió en un foco de atención para los intereses políticos y lingüísticos de la época, convirtiéndose en un símbolo de la lucha por la diversidad lingüística en España y, en última instancia, una defensa del derecho de los canarios a mantener su identidad cultural y su forma de hablar.
La creación de la Academia Canaria de la Lengua fue un acto de audacia lingüística que desató una carrera contrarreloj contra la visión hegemónica del español, tal y como la defendía la RAE. El libro desentraña magistralmente las razones detrás de esta reacción, que iban mucho más allá de la mera crítica a la forma de hablar de los canarios. Se trata de una batalla por el control del lenguaje, por la definición de lo que se consideraba «correcto» y «incorrecto», y por el acceso a la representación y al reconocimiento. Morera argumenta que la Academia no fue un proyecto aislado, sino una respuesta a la creciente demanda de reconocimiento de la diversidad lingüística en España, una demanda que estaba siendo negada por las élites lingüísticas y políticas del momento.
La reacción a la Academia fue feroz y multifacética. Los ataques, principalmente provenientes de la RAE y de ciertos sectores de la prensa y del gobierno, se basaban en argumentos falaces y en una profunda descalificación de la variedad lingüística canaria. Se acusaba a la Academia de “perjudicar” al español, de “debilitar” la unidad del idioma, de promover un “localismo” peligroso que amenazaba con fragmentar el país. Estos ataques, cuidadosamente orquestados, pretendían crear un clima de desconfianza y miedo, para socavar la legitimidad de la Academia y para revertir los avances logrados en la defensa del “canario”. Morera ilustra de forma impactante cómo la manipulación de la opinión pública se convirtió en una herramienta esencial en esta batalla.
Además de los ataques directos, la Academia también fue objeto de un silencio cómplice. Las instituciones académicas y culturales tradicionales, que debían haber ofrecido su apoyo, se mostraron reacias a reconocer la legitimidad de la Academia, y a valorar la riqueza y la complejidad de la variedad lingüística canaria. Este silencio, que también era una forma de control y de censura, contribuyó a la desvalorización de la Academia y a la perpetuación del prejuicio lingüístico. Morera describe cómo este “silencio” se debía tanto a la desconfianza en la postura de la Academia como a la resistencia a compartir el poder y la influencia que la RAE ejercía sobre el panorama lingüístico español.
Finalmente, es importante destacar el papel del debate político en la tormenta ideológica que rodeó a la Academia. La fundación de la institución fue vista por algunos como una amenaza al nacionalismo español, ya que la diversidad lingüística representaba un desafío a la idea de una identidad nacional homogénea. La Academia, al defender el “canario”, se convirtió en un símbolo de la resistencia a esta visión excluyente, y en una defensa del derecho de los canarios a mantener su propia identidad cultural y su forma de hablar, independientemente de su pertenencia a España. Este debate político, cargado de tensiones y de contradicciones, refleja las profundas divisiones que existían en la sociedad española sobre la cuestión de la identidad nacional y la diversidad cultural.
Opinión Crítica de La Academia Canaria De La Tormenta Ideologica De Su Fundacion:
Morera ha logrado, con esta obra, un análisis riguroso y profundo de un episodio crucial en la historia de la lengua española. El libro no es solo un relato histórico, sino también una reflexión sobre la naturaleza del lenguaje, el poder y la identidad. La escritura es clara, accesible y está repleta de información valiosa que ayuda a comprender la complejidad de la situación. Morera, además, evita tomar partido, presentando los argumentos a favor y en contra de la Academia de forma objetiva y equilibrada, lo que le otorga a la obra un gran valor de credibilidad.
Sin embargo, el libro podría haberse beneficiado de una mayor exploración de las consecuencias a largo plazo de la fundación de la Academia. Aunque la obra examina la reacción inicial, el libro no profundiza lo suficiente en el impacto a largo plazo de la Academia en el debate lingüístico español, ni en el papel que ha desempeñado en la promoción de la diversidad lingüística y cultural en España. Si bien la Academia ha logrado, sin duda, visibilizar la existencia del «canario» y ha contribuido a su reconocimiento, su impacto real en la sociedad española, y en la evolución de la política lingüística, podría haberse examinado con mayor detalle.
A pesar de este pequeño punto, Morera consigue dotar al lector de una perspectiva crucial: la lucha por la lengua no es solo un debate académico, sino una batalla por la identidad. El libro nos hace reflexionar sobre cómo las formas de hablar están intrínsecamente ligadas a la cultura, a la historia y a la identidad de un pueblo, y sobre la importancia de preservar la diversidad lingüística como un elemento fundamental del patrimonio cultural de España. La obra, en definitiva, es una lectura imprescindible para cualquier persona interesada en la lingüística, la sociología, la historia o la política.
En términos de recomendaciones, se podría ampliar el estudio de las relaciones entre la Academia Canaria y otros movimientos de defensa de la diversidad lingüística en Europa y América Latina. Analizar estas relaciones, que se desarrollaron en paralelo, podría haber enriquecido el análisis y ofrecido una perspectiva más global sobre el tema. Además, sería interesante explorar más a fondo el papel de la tecnología y de las nuevas formas de comunicación en la promoción de la diversidad lingüística, que se desarrollaron después de la fundación de la Academia, pero que no son mencionadas en el libro. Aunque el libro se centra principalmente en la etapa inicial de la Academia, es importante tener en cuenta que el debate lingüístico español continúa hasta nuestros días, y que la obra podría haber servido como base para un estudio más amplio y actualizado sobre el tema.
