La «Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano» de Gibbon se articula en torno a dos grandes épocas: la caída del Imperio Romano de Occidente y la historia del Imperio Bizantino (o Romano de Oriente). La primera parte, de 1776 a 1788, abarca un período de casi un siglo, desde la época de Marco Aurelio hasta la deposición final del último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, en el año 476 d.C., cuando los godos invadieron Italia y depusieron al emperador. Esta primera sección se divide, a su vez, en una serie de libros, cada uno abordando un intervalo temporal específico y detallando las luchas políticas, militares y sociales que marcaron el declive del Imperio. Gibbon examina la corrupción de la administración, el debilitamiento del poder central, las divisiones internas, las guerras civiles, las invasiones bárbaras y la pérdida de la identidad cultural, entre otros factores.
La obra de Gibbon se caracteriza por su exhaustividad y su atención al detalle. No se limita a las grandes figuras y los acontecimientos militares, sino que analiza también la vida cotidiana, las costumbres, la religión y la economía del Imperio. Además, utiliza una gran cantidad de fuentes, incluyendo textos clásicos, documentos oficiales, informes militares y testimonios personales, para ofrecer una imagen completa y objetiva de la época. El libro se abre con un reconocimiento del legado duradero de la civilización romana, destacando su contribución a la ley, la administración, la ingeniería y el arte.
La segunda parte, publicada entre 1788 y 1789, se centra en el Imperio Bizantino, que continuó existiendo durante casi mil años después de la caída del Imperio Romano de Occidente. Gibbon narra la historia del Imperio desde la época de Constantino el Grande (el primer emperador bizantino) hasta la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos en 1453. En esta parte, el autor analiza la
, que predomina en la época, y su análisis del Imperio Romano está influenciado por estas ideas. Si bien su obra es valiosa por su exhaustividad y su objetividad, también está sujeta a ciertas tendencias y sesgos que deben tenerse en cuenta.
En particular, Gibbon tiende a idealizar la era de la República Romana, y a despreciar el desarrollo de el Imperio bajo los emperadores. Esta visión es en parte debida a su admiración por la cultura clásica, y a su creencia en que la República era un modelo de gobierno ideal. Además, Gibbon a menudo utiliza un tono moralizante en su análisis, criticando la corrupción y el desorden político del Imperio Romano, sin reconocer que estas condiciones eran producto de su estructura y de su expansión. No obstante, es importante recordar que Gibbon escribió en un periodo en que el imperialismo era considerado como un modelo de poder y prosperidad, y que su crítica del Imperio Romano está influenciada por estas ideas.
A pesar de estas limitaciones, la obra de Gibbon sigue siendo un testimonio valioso de la historia antigua y un ejemplo excelente de la historia narrativa. Su estilo es elegante y persuasivo, y sus descripciones debatidos con que fueron para su época, y siguen siendo atractivas para el lector moderno. Según Jorge Luis Borges, «internarse y venturosamente perderse en una populosa novela, cuyos protagonistas son las generaciones humanas». La obra, por tanto, es una lectura que resulta aún más grata gracias al ingenio y a la fina ironía de Gibbon. Se recomienda leerla con una mentalidad crítica, teniendo en cuenta el contexto en el que fue escrita, pero también reconociendo su valiosa contribución al conocimiento de la historia.

