El libro se estructura en torno a la idea central de que la filosofía medieval no es una mera imitación de la filosofía griega, sino una transformación profunda de la misma, mediada por la fe cristiana. Gilson argumenta que la filosofía medieval, a pesar de su dependencia de la tradición platónica y aristotélica, no se limita a repetir las ideas de sus predecesores; las reinterpreta y las integra dentro de un marco teológico más amplio. Esta reinterpretación, según Gilson, es lo que confiere a la filosofía medieval su carácter único y su importancia para el desarrollo del pensamiento occidental.
El autor dedica una parte importante del libro a analizar el papel de la
, la fe y la comprensión de la unidad de la realidad. Se recomienda esta obra, no tanto por su fidelidad histórica, sino por su brillantez de argumentación y por su visión de un pasado intelectual que merece ser redescubierto y valorado.
