La historia comienza con la presentación de Gabriel Utterson, un abogado respetable y dedicado a su profesión. Utterson es amigo de Nathaniel Swarte, un escribiente que trabaja en la oficina de una compañía de seguros. Swarte, un hombre en aparente buena salud, deja su empleo y se muda a una propiedad remota, dejando atrás su vida y, aparentemente, sin dar explicaciones. Utterson, preocupado por su amigo, decide contratar a Bartleby, un joven escribiente que Swarte le recomienda. Bartleby es un joven empleado peculiar, silencioso, aislado y, lo más desconcertante, se niega a cumplir con las tareas que se le asignan.
Inicialmente, Utterson intenta hacer valer las normas de la empresa y hacer que Bartleby cumpla con sus obligaciones. Sin embargo, Bartleby, con su famosa y reiterada frase, «Me temo que no puedo», se niega sistemáticamente a continuar trabajando. Comienza a dejar su escritorio al final de cada día, y posteriormente, a permanecer en la oficina durante la noche, lo que obliga a Utterson a recurrir a la policía y al juez Moore. A pesar de las múltiples intervenciones, Bartleby persiste en su extraña conducta, utilizando la frase «Me temo que no puedo» como respuesta a cualquier petición. Utterson se siente cada vez más preocupado y frustrado por esta situación, buscando desesperadamente una explicación a la extraña actitud de Bartleby.
La historia se complica aún más cuando Bartleby, sin ninguna razón aparente, reaparece en la oficina de Utterson, manteniendo su silencio y su rechazo a la labor. Utterson, junto con el médico Kopkin, se dedica a estudiar el caso, y descubren que Bartleby ha estado leyendo avidamente las historias de Don Quijote de la Mancha y El Conde de Montecristo, lo que sugiere una profunda búsqueda de ideales y una rebelión contra la banalidad de la vida. La situación se vuelve cada vez más alarmante, y el juez Moore, con la ayuda de la Dra. Null, se encarga de encarcelar a Bartleby, tratando de hacerle volver a la «normalidad».
El deterioro de la situación de Bartleby se intensifica cuando, tras ser encarcelado, el juez Moore, en un intento por «curarlo», decide mantener la oficina abierta las 24 horas del día y proporciona a Bartleby libros, comida y compañía. Este comportamiento, motivado por una falta de comprensión y una creciente empatía por el «silencioso» empleado, parece tener un efecto temporalmente positivo, pero no soluciona el problema fundamental de la rebelión de Bartleby contra la sociedad. El misterio que rodea a Bartleby se profundiza aún más cuando se descubre que anteriormente trabajó en la oficina del juez Moore, lo que sugiere una profunda conexión con el poder judicial.
La conclusión de la novela es lamentable. La Dra. Null, la única persona que parece comprender a Bartleby, simplemente le da un trago de «el elixir» (un medicamento que produce un estado de inconsciencia temporal) y lo desarraiga de su oficina. Bartleby es redescubierto en las orillas del río East River, donde muere después de haber visto pasar una barca de pasajeros. Su muerte es aún más desconcertante porque, a pesar de su rebeldía y de su silencio, dejó un pequeño cajón en su escritorio que contenía un poema escrito por él, lo que sugiere una profunda melancolía y un deseo de expresión que nunca logró materializar.
La muerte de Bartleby es una realización de la futilidad de la lucha por la individualidad en una sociedad que exige conformidad. Su silencio y su rechazo a participar en la vida social son una denuncia de la alienación y la pérdida de significado en el mundo moderno. La figura de Bartleby se convierte en un símbolo de la marginalidad y de la búsqueda de identidad.
Opinión Crítica de Bartleby, El Escribiente
«Bartleby, El Escribiente» es una obra maestra de la literatura estadounidense y, con razón, se considera un referente en la literatura universal. La novela, a pesar de su extensión, es narrada con una máxima concisión y claridad, y su poder está en su capacidad para generar preguntas y para invitar al lector a reflexionar sobre la naturaleza del ser humano. La profundidad del personaje de Bartleby es admirable, ya que es un ser absolutamente anódico, sin pasado, sin motivos aparentes, y sin ningún deseo de alterar su situación.
Sin embargo, la grandeza de Melville no está en la creación de un personaje complejo y multifacético, sino en su capacidad para hacer que ese personaje sea a la vez profundamente perturbador y conmovedor. Bartleby representa una crítica sutil y poderosa de la burocracia, el materialismo y la deshumanización de la vida moderna. Su silencio no es simplemente una peculiaridad individual, sino una metáfora de la futilidad de la búsqueda de sentido en un mundo que parece privado de propósito.
En conclusión, «Bartleby, El Escribiente» es una obra que debe ser leída y releída por quienes deseen profundizar en la complejidad de la naturaleza humana y en los temas fundamentales de la literatura. Se recomienda absolutamente a aquellos que disfruten de la literatura psicológica, la narrativa sintética y la exploración de temas existenciales. Es una obra que debe ser apreciada no solo por su valor literario, sino también por su continuo relevancia en un mundo que sigue sufriendo de la alienación y la pérdida de identidad.

