La narración de “A Dios Por La Cara Norte” comienza con el punto de partida de Herve Clerc: una profunda crisis existencial, una sensación de vacío y una búsqueda implacable de un sentido a su vida. Este sentimiento, que se manifiesta inicialmente como una desconfianza hacia las religiones institucionalizadas, lo lleva a una intensa exploración de las diferentes tradiciones espirituales. El autor, impaciente con las explicaciones teológicas convencionales, se adentra en el estudio de místicas como San Juan de la Cruz, pero también de figuras menos conocidas, como el Maestro Eckhart, buscando una comprensión más profunda del Dios. Su viaje lo lleva a meditar sobre la teología negativa, un concepto que considera crucial para abordar el “problema de Dios”. La teología negativa, según explica Clerc, se centra en lo que Dios no es, en la ausencia de atributos, en la negación de las formas y las imágenes, para permitir una experiencia directa de lo trascendente.
El libro se desarrolla a través de encuentros con personas que también se sienten atraídas por esta búsqueda espiritual. Clerc se rodea de mentes abiertas, expertos en misticismo, filosofía y religión. Estos encuentros son fundamentales para comprender la complejidad del “problema de Dios”. No se trata de encontrar una respuesta sencilla, sino de reconocer la dificultad inherente a la propia pregunta. Clerc explora la tensión entre la concepción de un Dios antropomórfico y personal, a menudo asociada con las religiones tradicionales, y la de un Dios impersonal, sin forma ni figura, que se revela a través de la intuición y la experiencia. Este enfoque, que recuerda a la corriente de la teología apofática, implica una forma de “silencio” ante la inmensidad del Ser, un acto de renuncia a la propia imagen y a toda forma de conceptualización. La obra se estructura, por tanto, como una serie de aproximaciones a esta experiencia, explorando la noción de “Dios al que se llega por la cara norte de la montaña”, una montaña que no es otra que el Monte Carmelo de San Juan de la Cruz, y cuya cima se alcanza mediante la ascensión que consiste en un proceso de reducción y de negación.
La argumentación central de “A Dios Por La Cara Norte” gira en torno al concepto de ascensión espiritual, un proceso que implica la eliminación de las propias imágenes mentales, de las estructuras conceptuales que nos separan de lo divino. El libro no presenta una «verdad» definitiva, sino que ofrece una serie de caminos para acercarse a esta experiencia. Clerc, influenciado por autores como Mircea Eliade, Henry Corbin y Jean Varenne, nos guía a través de la reflexión sobre la naturaleza de la conciencia, la relación entre el yo y el ser, y la búsqueda de la unidad con lo trascendente. La obra desvela la importancia del silencio y la meditación como herramientas para disolver las identificaciones que nos impiden acceder a una realidad más profunda.
Más allá de la teología, “A Dios Por La Cara Norte” se adentra en la filosofía del siglo XX, confrontando ideas de Nietzsche, Heidegger y Hannah Arendt con las reflexiones de los místicos. Clerc explora la relación entre la voluntad de poder de Nietzsche y la necesidad de una trascendencia, la relación entre la existencia y el ser, según Heidegger, y la importancia del espacio público y la pluralidad en el pensamiento de Arendt. A través de estas referencias, el autor muestra cómo las grandes interrogantes filosóficas y religiosas son, en realidad, expresiones de la misma búsqueda humana de sentido. El libro concluye con una reflexión sobre la posibilidad de la salvación, no como un acto de gracia divina, sino como un proceso de transformación personal, de entrega y de renuncia.
Opinión Crítica de A Dios Por La Cara Norte
“A Dios Por La Cara Norte” es, sin duda, un libro que conmueve y que invita a la reflexión. Clerc nos ofrece una lectura innovadora sobre la fe, desvinculada de dogmas y rituales, y centrada en la experiencia personal. La obra se distingue por su rigor intelectual, su capacidad para integrar ideas de diferentes tradiciones filosóficas y religiosas, y su profunda sensibilidad. No obstante, algunas críticas se pueden formular. A veces, el libro puede resultar un poco denso, debido a la abundancia de referencias y a la complejidad de los argumentos que se presentan. La lectura exige un cierto nivel de compromiso intelectual y una disposición a cuestionar las propias creencias.
Sin embargo, las fortalezas del libro superan con creces sus debilidades. La escritura de Clerc es clara, accesible y conmovedora. Su capacidad para conectar con el lector a través de sus propias dudas y anhelos es un factor clave para el éxito de la obra. “A Dios Por La Cara Norte” no es un libro que ofrece respuestas fáciles, pero sí nos invita a embarcarnos en un viaje personal, un viaje que puede transformar nuestra visión del mundo y de nuestro lugar en él. La obra promueve una visión de la fe como un proceso continuo, un viaje constante en busca de la verdad, un camino que nos exige humildad, paciencia y una profunda apertura al misterio. Recomendado a aquellos que buscan profundizar en el sentido de la vida y en la naturaleza de la fe.

