La esencia de «Scribba» reside en su estrategia: utilizar la incompletud como punto de partida para un análisis radical de la escritura. Derrida se basa en la sección de Warburton sobre los jeroglíficos egipcios, un fragmento que, en apariencia, es intrascendente. Sin embargo, al enfocarse en este punto de silencio, en esta “ausencia”, Derrida construye un argumento complejo que desmantela la noción tradicional de la escritura como un acto de representación transparente del mundo. El propio Warburton, un anglicano de la época, legitimaba la escritura de los jeroglíficos como una ley divina, un mensaje directo de Dios a la humanidad. Derrida, por el contrario, revela cómo esta legitimación, y la legitimación de cualquier escritura, está intrínsecamente ligada a un proceso de poder.
Derrida se centra en el lenguaje de Warburton: el uso de términos como “divina”, “legación”, “escritura” como si fueran leyes naturales, cuando en realidad son construcciones discursivas. En este juego, lo esencial es la “gramatología”, entendida no como una disciplina académica, sino como el estudio de cómo el lenguaje funciona como un sistema de diferencias, como un sistema de relaciones de oposición. El fragmento de Warburton, al ser una traducción de una traducción, es un ejemplo perfecto de esta lógica. Cada nivel de traducción implica una nueva interpretación, una nueva deformación del significado original. Al desenterrar este fragmento, Derrida no solo critica a Warburton, sino que también pone en evidencia la fragilidad de cualquier pretensión de objetividad o neutralidad en el discurso. La obra se convierte así en un ejercicio de deconstrucción, un desmantelamiento de las estructuras de poder que se esconden detrás de las palabras. El autor se enfoca en la naturaleza de la “ley” como una construcción discursiva y, por lo tanto, vulnerable al poder de la interpretación.
Además, «Scribha» se nutre de una intensa reflexión sobre la relación entre escritura y “zoografía”. Derrida argumenta que la escritura no solo representa el mundo, sino que también lo conforma. Al dar forma al lenguaje, la escritura también crea una forma de “ser”, una especie de “animal” lingüístico. El jeroglífico, en la concepción de Warburton y reinterpretada por Derrida, es no un signo de un significado fijo, sino un «animal» que se «escribe» y que, a su vez, «escribe» al ser humano. Esta concepción de la escritura como un acto de «cria», como un proceso de formación de un «animal» lingüístico, es fundamental para comprender la postura de Derrida.
«Scribha» es una obra en la que la estrategia principal es la de la parodia del discurso académico. Derrida utiliza la forma de un «ensayo» para desarmar la pretensión de objetividad y universalidad del conocimiento. La obra no es un tratado filosófico, sino un ejercicio juguetón que, sin embargo, esconde un análisis profundo de las relaciones entre lenguaje, poder y verdad. El texto no busca establecer una nueva teoría de la escritura, sino demostrar la capacidad del lenguaje de «escribir» la realidad de una manera selectiva y política.
El prefacio es un perfecto ejemplo de esta estrategia. Derrida se centra en las palabras de Warburton sobre los jeroglíficos egipcios y las utiliza para desarmar la idea de que la escritura es una representación objetiva del mundo. En este contexto, la idea de la «ley divina» se convierte en una construcción discursiva, un poder que determina qué se puede «escribir» y cómo se «escribe» esa escritura. La importancia del fragmento reside en su «ausencia» en sí misma. Al desconcentrarse de Warburton y de su interpretación, Derrida reabre la posibilidad de otro-s, de otras interpretaciones que pueden desafiar la preeminencia del discurso académico.
El análisis de Derrida sobre el «jeroglífico» es también un punto clave. Para Derrida, el jeroglífico no es un signo que «representa» un objeto o un concepto, sino un «animal» que se «escribe» y que «escribe» a su vez al ser humano. La escritura es entonces un proceso de «cria», de formación de un «animal» lingüístico. Esta concepcíon radical de la escritura tiene profundas implicaciones para la filosofía y la literatura. De esta manera, la pregunta no es qué es la escritura, sino cómo la escritura «escribe» al mundo y al ser humano.
Opinión Crítica de Scribha: Un Desafío Persistente
«Scribha» es una obra extremadamente provocadora y, a menudo, frustrante. Su forma fragmentaria y su enfoque aparentemente aleatorio pueden resultar difíciles de entender para aquellos que no están familiarizados con el trabajo de Derrida y la filosofía de la deconstrucción. Sin embargo, es precisamente esta dificultad lo que hace que «Scribha» sea tan valiosa. Derrida nos obliga a cuestionar nuestras propias presuposiciones y a reconocer la naturaleza inherentemente incertidumbre del lenguaje. La obra, aunque no proporciona respuestas claras, sí establece un desafío persistente: la idea de la escritura como un acto de representación objetiva es una ilusión.
Sin embargo, es importante reconocer que «Scribha» es un texto altamente dependiente del contexto. La comprensión profunda de la obra requiere un conocimiento detallado de la historia de la filosofía y la literatura, especialmente de la traducción y la gramatología. Sin este conocimiento, la lectura puede ser confusa e incluso contraproducente. No obstante, «Scribha» es una obra que debe ser leída con cautela, pero también con inteligencia y apertura. Se trata de una obra que nos invita a ver el mundo de una manera diferente, a reconocer la política que se oculta detrás del discurso y a aceptar la incertidumbre como una parte fundamental de la experiencia humana. Se recomienda leerla en combinación con otras obras de Derrida, como «De la Gravedad», para acreditar el complejo espacio intelectual del autor.
«Scribha» es una obra que, aunque puede ser desafiante, merece la pena ser leída. Es un ejercicio intelectual fascinante y un testimonio del poder del lenguaje para transformar nuestra forma de ver el mundo. Se recomienda considerar el «prefacio» como una pieza clave en el corpus de Derrida, y no como un simple fragmento o un pensamiento epocí. Es un ejemplo de la capacidad de Derrida para crear obras que se desarrollan a lo largo de su carrera filosófica, y que sirven como punto de partida para nuevas investigaciones.
