La historia se desarrolla en la oficina de un abogado, el señor Paddleforth, en Nueva York. Paddleforth, un hombre cordial y generoso, contrata a Bartleby, un joven escribiente, para que trabaje en su oficina. Bartleby es un empleado diligente y, al principio, cumple con sus obligaciones de manera impecable. Sin embargo, su comportamiento comienza a cambiar gradualmente. Después de aproximadamente un mes de servicio, Bartleby comienza a rechazar las solicitudes de Paddleforth de manera inexplicablemente persistente.
Inicialmente, la negativa de Bartleby se limita a tareas menores, pero poco a poco, se extiende a todas las solicitudes. Cuando Paddleforth le pide que redigiera un simple borrador, Bartleby responde con la famosa frase: “Preferiría no hacerlo”. Esta declaración, aparentemente inofensiva, desencadena una serie de acontecimientos que convierten a Bartleby en una figura cómica y, a la vez, profundamente trágica. Paddleforth, confundido y exasperado, intenta comprender las razones de Bartleby, pero el joven escribiente se niega a explicar su comportamiento, manteniendo un silencio absoluto. A medida que la situación se agrava, Paddleforth se ve obligado a despedir a Bartleby, pero incluso después de ser despedido, el joven escribiente continúa visitando la oficina, permaneciendo en la sala de espera, rechazando cualquier solicitud de ayuda.
La historia se desarrolla con un ritmo pausado, permitiendo al lector sumergirse en la atmósfera de la oficina y en la progresiva desesperación de Paddleforth. La oficina, que al principio se presenta como un lugar de trabajo aparentemente normal, se transforma en un espacio de aislamiento y de deshumanización, donde la lógica y la razón se ven socavadas por el silencio incomprensible de Bartleby. La relación entre Paddleforth y Bartleby se convierte en un estudio sobre la incapacidad de la sociedad para comprender y aceptar la individualidad, así como sobre los límites de la tolerancia humana.
La narrativa se estructura en una serie de encuentros entre Paddleforth y Bartleby, a menudo acompañados por la presencia de otros empleados de la oficina, como el señor Turk y el señor Nippers. Estos personajes, cada uno con sus propias peculiaridades y prejuicios, contribuyen a crear una imagen compleja y multifacética de Bartleby, a quien se percibe inicialmente como un loco, un vagabundo, un inútil, o incluso como un sádico. La ausencia de explicaciones claras sobre el origen del comportamiento de Bartleby alimenta la atmósfera de misterio y de desesperación que impregna la historia.
A medida que la historia avanza, Paddleforth recurre a diferentes estrategias para intentar comprender y controlar a Bartleby, desde ofrecerle un mejor sueldo hasta trasladarlo a otra oficina. Sin embargo, ninguna de estas medidas tiene éxito. Bartleby, seguido de suscelto y desmotivada, se mantiene firme en su negativa a realizar cualquier tarea. La situación se agrava aún más cuando Bartleby comienza a hacer estragos en la oficina, interrumpiendo las reuniones, robando objetos de valor y en general, desestabilizando el ambiente de trabajo. La creciente incomprensión y el rechazo por parte de los demás empleados contribuyen a su aislamiento y a su progresiva deshumanización.
La historia de Bartleby se ha interpretado de múltiples maneras a lo largo del tiempo. Algunos críticos lo ven como un símbolo de la alienación del individuo en la sociedad moderna, mientras que otros lo interpretan como una representación de la crisis de identidad del artista. Otros lo consideran un reflejo de las tendencias existencialistas que surgieron en el siglo XX, que cuestionaban la validez de las normas y valores tradicionales. Sea cual sea la interpretación, el final de la historia, en el que Bartleby se encuentra en un hospital psiquiátrico, finalmente, reforza la idea de que su silencio es un acto de resistencia contra la opresión y la deshumanización.
Opinión Crítica de Bartleby, El Escribiente
“Bartleby, El Escribiente” es una obra maestra de la literatura estadounidense, un relato impactante y profundamente conmovedor que sigue siendo relevante en la actualidad. La genialidad de Melville radica en su capacidad para crear un personaje aparentemente simple, pero con una profunda complejidad psicológica y simbólica. La historia de Bartleby es un espejo en el que podemos vernos reflejados, cuestionando nuestra propia relación con el trabajo, la sociedad y el significado de la existencia.
La narrativa, aunque aparentemente lenta, está magistralmente construida. Melville utiliza un lenguaje preciso y evocador, creando una atmósfera de desesperación y de misterio. La progresión del comportamiento de Bartleby, desde la simple negativa a realizar tareas hasta el largo período de permanencia en la sala de espera, está cuidadosamente planteada, permitiendo al lector sumergirse en la angustia del personaje. La historia no ofrece respuestas fáciles, sino que plantea preguntas fundamentales sobre la naturaleza humana y la sociedad. El silencio de Bartleby, más que un acto de desafío, es un grito de desesperación, una expresión de la incomunicación y del rechazo que experimentan tantos individuos en la sociedad moderna. Es una lectura obligada para aquellos que se interesan en la literatura clásica y en las exploraciones del existencialismo.
Aunque a algunos lectores puede resultar lenta, la paciencia recompensada con una reflexión profunda. Es una novela que invita a la meditación y que no ofrece soluciones fáciles. No es un libro que se lee y se olvida; es un libro que se lee y se relee, que provoca preguntas y que nos obliga a confrontar nuestra propia condición humana. La obra ha ejercido una influencia inmensa en la literatura posterior, y su resonancia continúa en la actualidad. Recomiendo “Bartleby, El Escribiente” a cualquier persona que busque una lectura desafiante y enriquecedora, una obra que trasciende su época y que sigue siendo un testimonio de la profundidad y la complejidad de la condición humana.
