El libro se articula en torno a la idea de que el Estado no es simplemente un actor que «substancia» lo que ya ha creado el mercado, sino un agente activo que “lo induce”. Mazzucato distingue entre dos tipos de innovación: la innovación “substancial”, que crea nuevo valor, y la innovación “reificable”, que se puede patentar y vender. Argumenta que la mayor parte de la innovación que consideramos “reificable” ha sido, en realidad, «asumida» por el Estado, a través de la inversión en investigación fundamental, el desarrollo de estándares, la creación de mercados y la fijación de objetivos ambiciosos que impulsan a las empresas a superar sus límites. El autor demuestra que el sector público ha sido el principal motor de innovación en áreas como la computación, la inteligencia artificial, la energía renovable y la medicina.
Mazzucato examina en detalle cómo el Departamento de Defensa de Estados Unidos, por ejemplo, financió la investigación que condujo al desarrollo del microprocesador, fundamental para la informática moderna, un ejemplo que se repite en el desarrollo de tecnologías como el internet y la energía solar. Su análisis se extiende a casos europeos, mostrando cómo la inversión pública en la investigación aeroespacial impulsó los avances en materiales y técnicas que luego se aplicaron en la industria manufacturera. El autor se centra en la importancia de la «demanda de alto nivel» del Estado como catalizador de la innovación, mostrando cómo la presión para alcanzar objetivos específicos puede generar efectos de “contagio” que se extienden al sector privado.
Además, Mazzucato desmitifica la idea de que las empresas como Apple y Tesla son simplemente «innovadoras». Aunque estas empresas son sin duda importantes, la autora argumenta que sus éxitos se basan en gran medida en las inversiones y los conocimientos adquiridos gracias a la financiación y los incentivos proporcionados por el Estado. El iPhone, por ejemplo, se desarrolló en gran medida gracias a la financiación del Departamento de Defensa de Estados Unidos para la investigación en microelectrónica y comunicaciones. Del mismo modo, el desarrollo del mercado de las energías renovables se vio impulsado por los objetivos gubernamentales de reducir las emisiones de carbono y por los mecanismos de incentivos fiscales que incentivaron la inversión en tecnologías limpias.
El libro no solo se limita a analizar ejemplos históricos. Mazzucato también propone un nuevo marco conceptual para entender la colaboración entre el Estado y el mercado privado, un modelo que se basa en la idea de “aprobación de demanda” (Demand-led validation), en el que el Estado asume el riesgo de financiar la investigación y el desarrollo, pero luego comparte los resultados con el sector privado, a cambio de una participación en los beneficios. Esta propuesta representa un cambio de paradigma en la forma en que se concibe la relación entre el sector público y el privado, promoviendo la idea de que ambos se benefician cuando trabajan juntos para impulsar la innovación.
«El Estado Emprendedor» plantea un argumento central y provocador: el Estado no es un mero espectador en la innovación, sino un agente activo, e incluso, el principal motor, de la misma. Mazzucato desarticula este argumento a través de una cuidadosa revisión de la evidencia histórica y económica, demostrando que muchas de las mayores innovaciones que han transformado nuestras vidas han sido impulsadas y financiadas por el sector público. La obra se enfrenta directamente a la visión tradicional, la que postula que el sector privado es inherentemente más innovador y competitivo.
El libro argumenta que la innovación no surge de la simple competencia entre empresas, sino de la «demanda de alto nivel» que el Estado puede ejercer, estableciendo objetivos ambiciosos y asignando recursos para responder a necesidades no satisfechas. Este enfoque en la «demanda de alto nivel» es crucial porque permite al Estado, a través de sus inversiones y su capacidad de asignación de recursos, dirigir la innovación hacia áreas de interés público, tales como la energía limpia, la salud o la seguridad. Al hacerlo, el Estado actúa como un «proveedor de demanda» que “guía” la innovación, en lugar de simplemente “substancias” lo que ya ha creado el mercado.
Mazzucato también critica la frecuente confusión entre «innovación» y «patente». Argumenta que la mayoría de las innovaciones que consideramos «reificables» – aquellas que pueden ser patentadas y vendidas – son, en realidad, el resultado de la inversión pública en investigación fundamental y desarrollo, que luego se “reifican” y comercializan por el sector privado. El caso de la computación es un ejemplo paradigmático: la investigación financiada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos condujo al desarrollo de los microprocesadores, pero la patente de Intel sobre la arquitectura del microprocesador se otorgó después de que la tecnología ya se había generalizado.
Otro punto clave del libro es la argumentación sobre el rol del riesgo. Mazzucato sostiene que el sector privado se resiste a asumir los riesgos asociados a la investigación fundamental y desarrollo, ya que estos proyectos a menudo tienen un alto grado de incertidumbre y no garantizan un retorno de la inversión. El sector público, por su parte, está mejor equipado para asumir estos riesgos, ya que tiene un horizonte temporal más amplio y no está sujeto a las presiones del mercado a corto plazo. Por lo tanto, el Estado debe asumir el liderazgo en la inversión en investigación y desarrollo, y luego compartir los resultados con el sector privado.
Opinión Crítica de El Estado Emprendedor
“El Estado Emprendedor” es un libro provocador y necesario que desafía las concepciones tradicionales sobre el rol del Estado en la economía. Mazzucato ha logrado, con rigor y evidencia, desmontar la narrativa dominante que niega la capacidad del sector público para impulsar la innovación. Si bien algunas críticas pueden señalar una tendencia a sobreestimar el rol del Estado, el libro ofrece un análisis valioso y una perspectiva crítica sobre el papel de la inversión pública en el desarrollo económico y social. El libro es un excelente punto de partida para repensar las políticas públicas y la forma en que se financian las innovaciones.
El principal mérito del libro radica en su habilidad para mostrar que el sector privado no siempre es el motor de la innovación. Es fácil caer en la trampa de atribuir todo el éxito a la iniciativa y la competencia del sector privado, pero Mazzucato nos obliga a reconocer el rol fundamental que ha jugado el Estado en el desarrollo de muchas de las tecnologías y las industrias que hoy damos por sentadas. Si bien es cierto que el sector privado es responsable de la comercialización y la innovación incremental, el Estado ha sido el catalizador que ha hecho posible que estas innovaciones se produzcan en primer lugar. Sin embargo, es importante destacar que el libro no justifica una inversión pública ilimitada. La clave reside en una inversión estratégica y bien dirigida, en una colaboración efectiva entre el sector público y el privado, y en un enfoque que priorice las necesidades sociales y ambientales.
En cuanto a las posibles críticas, algunas podrían argumentar que el enfoque de Mazzucato en la «demanda de alto nivel» puede ser demasiado optimista. Es cierto que establecer objetivos ambiciosos puede impulsar la innovación, pero también puede llevar a la asignación ineficiente de recursos si no se establecen mecanismos de control y evaluación adecuados. Además, el libro podría beneficiarse de un análisis más detallado de los factores culturales y políticos que influyen en la innovación, como la confianza, la transparencia y la capacidad de colaboración entre los diferentes actores. No obstante, a pesar de estas posibles limitaciones, “El Estado Emprendedor” es un libro esencial para cualquiera que quiera comprender los mecanismos de la innovación en el siglo XXI y para quienes buscan un papel más activo del Estado en la promoción del desarrollo económico y social.

